Manaure: nombre venerable para reconstruir una etnohistoria desde Paraguaná hasta el Guatapurí

venezuela-bandera-016

Palma Soriano.- Con el estuario Maracaibo como núcleo de una región geohistórica, cuya centrífuga cultural se remonta a las raíces arahuacas, me atrevo a conversar sobre lo común ancestral de lugares hoy separados por fronteras geopolíticas y realidades históricas consumadas.

Abro mi alma para extraer del archivo cancionero versos que un Pablo Milanés aportó en sus días de juventud martiana: “Realizaron la labor de desunir nuestras manos, que a pesar de ser hermanos, nos miramos con temor”.

Manaure es una palabra hito, un botalón fonético del cual asirnos para dibujar ese mapa ideal de un mundo pasado, destruido por la invasión europea de hace cinco siglos, que las nacientes repúblicas tras la Independencia no consideraron, y que hoy reclama al menos, un espacio de dignidad en la memoria de los pueblos.

Estoy hablando del rectángulo que demarcan las penínsulas Guajira y Paraguaná siguiendo la dirección de los alisios hasta su enfriamiento en los copos de las Sierras de Perijá y Santa Marta.

Visto de otra manera, propongo el tema de los territorios besados por las aguas bajantes de esas cúspides, en los cuales lo común abunda, pese al partimiento impuesto por los poderes coloniales y sus secuelas.

Comencemos por la presencia de naciones originarias que resistieron los tiempos, los empellones y el desdén: Barí al sur de Perijá, Yukpa al medio, y Wayúu en las sabanas guajiras, que los hay a ambos lados del límite fronterizo colombo-venezolano.

Los Añú, a través de cuya huella sigo estas aventuras cognitivas, son un grupo exclusivo del Maracaibo, aunque en estas líneas iremos descubriendo más de un vínculo con las alturas y bajuras del valle de Upar.

Los Caquetíos, primos predilectos de los maracaiberos, exterminados precozmente por la jauría conquistadora, sólo nos legaron una toponimia que aún espera explicaciones, como su líder Manaure, justicia.

II

La constelación arahuaca podemos empezar a armarla desde el sonido “gua”.

Guasare-Guatapurí es un par interesante para el ejercicio que les propongo.

Guasare es un compuesto del pronombre de primera persona plural gua y el verbo asá, que es beber. Muy apropiada denominación para un caudal que tanta hidratación nos ha dado. Guatapurí convoca a los amantes de la fabla patrimonial a desentrañar significados similares, aunque habría que oír las voces de los pueblos de la Sierra Nevada, que en lo personal necesito conocer mucho más.

Guatapurí tiene unas articulaciones y cadencias propias del espectro que nos ocupa.  Tener un río vecino –y de seguro familia- como el Guasare, hace propicia la tesis de que el Guatapurí guarda estrecha relación con topónimos de tronco arahuaco en diversos sitios del paisaje que más amamos: Guanare, Guatavita, Guarero, Guarico, Guanabacoa, Guanabo, Guanta, Guareque, Guatire, Guana, Guaibacoa. La lista de parientes es inmensa.

Desde las islas caribeñas, el taíno nos devuelve palabras próximas: guata, mentira; guataca, vasija de higuera; Guatapaná, río de La Española y árbol de ese nombre (Caesalpinia coriaria); guativirí, ave (Tyrannus dominicensis). Mientras que Guatiguaná, Guarionex y Guacanagarí son los nombres propios de tres caciques haitianos.

El sufijo no se queda atrás. La terminación í es muy común en la región lingüística arahuaca. Río Cachirí es otro dedo de la mano fluvial que junto al Guasare, Maché y Socuy, forman el ancestral Macomiti (añú), actual río Limón.

Playa Supí en Paraguaná es receptáculo de caños y Bariquí (lianas o bejucos) es pueblo en pié de monte (caquetío); Curumaní y Ariguaní, pegaditos al lado del Guatapurí en cuestión, me provocan rimas deliciosas con maní, manatí, ají, cotí, y múltiples íes que nos enseñan criaturas consumibles y amigables.

En los topónimos de Colombia encontramos con frecuencia la terminación aguda í: Caparrapí, Minipí, Abipaí, lnipí, ltipí, Tatipí, lbichipí, Tapipí, Nupipí, Jupaipí, Yacopí, Chaguaní, Topaipí, Guataquí, Guatachí, Guazacurí, Babaquí, Saquipai o Zaquipaí, Cuepaí, Nanchipaí, Capripaí y Tatí.

Y resuenan las sureñas improntas caribe-amazónicas venidas del Tupi-Guaraní.

El idioma de tronco arahuaco del lago Maracaibo, el Añú, llama a la pantorrilla,             tapü (gua-tapu-rí), al cují (otra vez la í) guaramahiri; al mangle rojo, gua-mahí; al hermano mayor: tapáñe (tap-a).

En los topónimos de Colombia encontramos con frecuencia la terminación aguda í: Caparrapí, Minipí, Abipaí, lnipí, ltipí, Tatipí, lbichipí, Tapipí, Nupipí, Jupaipí, Yacopí, Chaguaní, Topaipí, Guataquí, Guatachí, Guazacurí, Babaquí, Saquipai o Zaquipaí, Cuepaí, Nanchipaí, Capripaí y Tatí.

Y resuenan las sureñas improntas caribe-amazónicas venidas del Tupi-Guaraní.

El idioma de tronco arahuaco del lago Maracaibo, el Añú, llama a la pantorrilla,             tapü (gua-tapu-rí), al cují (otra vez la í) guaramahiri; al mangle rojo, gua-mahí; al hermano mayor: tapáñe (tap-a).

III

Continuando con estos apuntes para una geo-etno-historia común, tengo que referirme a la mala hora en que la ruta de amistad entre los añú del Maracaibo y los primeros vallenatos, fue mancillada por la bota sanguinaria y corrupta del invasor europeo.

El Alfinger que arribó a Coro a finales de febrero de 1529, inmediatamente perturbó el mundo caquetío, al punto de provocar la diáspora y el genocidio en tiempo récord, igualando el trauma que la llegada de Ovando generó en La Haití de los taínos.

De esos días es el martirio de Manaure, cuyo nombre comenzó a recorrer caminos arenosos y vertientes caudalosas, trucándose en leyenda de espíritus extraviados por toda geografía imaginable.

Pero ya volveremos sobre el destino del diao de Todariquiva, me interesa en esta parte recalcar el hecho desgraciado del recorrido que hizo Alfinger de Coro a Maracaibo, y de allí al Valle de Upar.

El agente alemán buscaba oro con morboso afán. Pareciera un maleficio que la ruta del poniente nos expuso a la jauría ambiciosa asociada a Carlos V. Como si la caída del sol les sirviese de brújula indicando el lugar donde se guardaban los brillantes tesoros dorados.

Contrario a lo que pregonan las mediocres historiografías oficiales, Alfinger no funda ciudad o pueblo alguno; a su paso tan sólo va dejando instalados los mínimos campamentos de control y logística que su expedición exige. Fueron las primeras bases militares extranjeras en nuestro continente.

De Coro marcha con su tropa por la orilla marina hasta el Maracaibo, entra al estrecho del estuario, explora la desembocadura del Macomiti (río Limón) desde el Moján y navega tres días río arriba. Saquea y destruye poblados añú, roba todo el oro que consigue y apresa gran cantidad de personas que vendieron como esclavos en los mercados antillanos.

Más de ocho mil castellanos oro logró llevarse en su veloz regreso a Coro y Santo Domingo, donde los reportó a la factoría Welser que dirigía desde 1526.

En septiembre de 1531 está otra vez Alfinger en la bahía de Urubá, para emprender su avanzada sobre la ruta de 183 kilómetros que van del Moján a Valledupar, de los cuales 113 corresponden a tránsito fluvial por el Macomiti (o Macomite, según algunos cronistas), luego un salto montañoso hasta el sitio donde hoy se ubica San Juan del Cesar, y desde allí dejarse llevar por las cantarinas aguas del río vallenato.

Pero, ¿por qué tengo que referirme a esta bestia criminal para hablar de lo nuestro común ancestral?

La invasión europea no descubrió ni inventó nada en nuestras tierras que no fuera la tortura y el robo depravado de los pueblos originarios. Su interés en imponerse a las poblaciones autóctonas tiene una explicación económica muy clara: apropiarse de los bienes de riqueza, usurpar las rutas comerciales y explotar la mano de obra sierva o esclava de los vencidos.

Es así como Alfinger se informa de la existencia de importantes riquezas auríferas allende la serranía al sur del Macomiti.  Banquero y empresario minero al fin, sabe que los ríos arrastran algo más que ricos peces. Y ese es el camino que toma desde Moján hasta el Cesar y el Magdalena Medio.

En resumen, que Alfinger redunda en plagiario de rutas que ya los añú realizaban para encontrarse con sus afines del Cesar y Guatapurí.

Ríos adentro, las piezas arqueológicas que sobrevivieron, nos hablan de culturas enamoradas del paisaje, con un apego sensible a las criaturas del cosmos. Orfebrería que rendía tributo a los animales de formas maravillosas como la manta raya, esa misteriosa gaviota de las aguas. Alfarería que refleja los recipientes que la naturaleza creó para las aguas y los frutos. Arte todo, verdad total, que la minería y la ambición de otrora y del presente condenan a muerte.

IV

Pido prestar atención a este referente: Moján (Mohan, espíritu de las aguas).

“Aunque sería muy difícil hoy día establecer con exactitud el origen etimológico de la palabra Mohán, podemos, sin embargo, atrevernos a dilucidar su significación. El sonido mmo (y mma) quiere decir tierra en añú. Palabras que podrían constituir el sufijo del sustantivo compuesto podrían ser: anaa, bueno; nnawa, negación; hontï, mojado. Tendríamos así, mmoanaa, tierra buena; mmonnawa, sin tierra; o, mmohontï, tierra mojada. De hecho el término mmogor, ha sido utilizado indistintamente como tierra o territorio. Similares a los monemas wayúu mmá y woumain, que traducen tierra y nuestra tierra, respectivamente…

Todos los significados citados guardan relación cosmogónica con El Moján, ya que las traducciones “tierra buena”, “sin tierra” (o “no tierra”, no lugar, que implicaría una forma de utopía) y “tierra mojada”, entendiendo tierra como lugar donde se habita, hábitat o patria, tendríamos entonces que Mohán es un sitio bueno para vivir, que no se refiere a tierra firme si no, más bien, a un hábitat acuático. Efectivamente la nación añú ha tenido por hábitat raigal el estuario del Maracaibo, donde siembra vivienda, canoa y toma la proteína natural por su innata condición de ictiófago ancestral”.

La iglesia católica se encargó de satanizar las creencias religiosas de nuestros pueblos originarios, como parte de la estrategia hegemónica del imperio. Los mohanes, sabios de la comunidad, sufren aún en la trayectoria del Magdalena y sus afluentes, el estigma de la Inquisición.

Pero observamos como una victoria de nuestra resistencia, el hecho de que un poblado ancestral añú, en la bahía de Urubá que forma el delta del Macomiti, lleve el nombre de aquéllos calumniados guías espirituales, cuyo pecado fue concebir un mundo desde la ética ambiental, la veneración de los antepasados y la igualdad del ser humano.

Moján es sin duda, una prueba viviente de la relación raigal de los pueblos de la franja occidental del Maracaibo y los que bebieron las linfas puras del Guatapurí.

V

Acerquémonos entonces al Manaure que inaugura esta invitación a tertuliar y da título al texto.

Frente al mapa físico del Lago Maracaibo, sin lo político administrativo, tracemos un cuadrante usando como vértices los puntos Manaure: al este abarca desde Coro y Paraguaná,  al oeste la población y bahía homónimas en la península Guajira, al sur Manaure del Cesar; así obtendremos el croquis de una región de múltiples coincidencias ambientales, lingüísticas, cosmogónicas y etnohistóricas.

“Manaure –también conocido por Anaure (Hermano Nectario María), Naure (Juan de Ampíes), Manauri y Anauri por algunos cronistas de la época como el Padre Simón Aguado– oficiaba de boratio entre los Caquetíos”.

Esta reseña de un empedernido manaurista, como lo es el inquieto buscador de petroglifos Camilo Morón, nos coloca ante la interrogante de cuál sería el verdadero nombre de Manaure; se trataría de la nomenclatura de una autoridad política o religiosa, o una mezcla de ambas como pareciera desprenderse de las conclusiones del trabajo de Morón.

Es oportuno apuntar algunas cuestiones previas: 1) los nombres indígenas aportados en la crónica hispana suelen ser errados, bien por confusión idiomática o por incomprensión de las culturas originarias, 2) no soy partidario de lanzarnos a ciegas en la reconstrucción caprichosa de los significados de topónimos y sustantivos de nuestros idiomas ancestrales, 3) recomiendo -y así trato de practicarlo- apelar al estudio comparado de las palabras de interés, con la parentela lingüística más próxima, sobre todo con las que tienen la suerte de contar con hablantes, 4) no olvidemos nunca que las explicaciones contenidas en el discurso invasor padecen de la torpeza del ignorante, la arrogancia del racista y la intencionalidad del imperialista, 5) sepamos que estos conocimientos sobre pueblos y culturas casi extintas, siempre estarán sujetos a nuevos aportes e interpretaciones, en el proceso de redescubrimiento de nuestras raíces, y 6) a la adictiva sed por las lecturas, autorías y teorías, sumemos con igual intensidad el encuentro con los sobrevivientes del etnocidio colonialista, sus vivencias cotidianas, su cosmovisión, sus saberes, su oralitura.

Cuando comencé a hacer seguimiento de las huellas del cacique añú Nigale, me persuadí que “tal vez Nigale no sea siquiera un nombre propio, sino una denominación calificativa. La raíz ni’ en diversas lenguas arawacas, igual que el añú, se refiere a la tercera persona masculino singular, mientras que na’ se refiere al plural. Ni’wale pudiera aproximarse a una especulación: El Amigo. Las investigaciones más recientes sobre nuestro añun nuku, nos acercan al significado Nigale: Ni’raure, El Jefe”.

Hemos aprendido conviviendo con pueblos originarios de nuestro entorno, que muchos nombres ancestrales vienen de elementos de la naturaleza, árboles que dan fuerza, estrellas que iluminan, sol que energiza.

Dicho esto, me entrego al juego de las raíces.

Está confirmada la familiaridad de los caquetíos y los añú. Dos de los primeros pueblos destruidos por la invasión europea en la ribera este del Maracaibo fueron Parepi y Cumari, en los cuales convivían armoniosamente los dos ramales arahuacos.

La raíz mma es tierra. Así se conserva en el wayúu naiki y en palabras del añun nuku que comienzan por ese sonido. Lo encontramos en el legendario cacique Mma’rak, en Maracaibo, isla Maraca, y en los topónimos caquetíos Mauroa y Matícora.

También coinciden los números en añú manéi, el uno, y maná, el diez.

Pero si interesantes son estas coincidencias fonéticas con el prefijo del nombre Manaure, más sorprendente resultan las últimas sílabas. El calificativo añú que designa la condición de jefe es juraure, que dicho en tercera persona singular masculino sería ni’uraure, y para el caso del plural, quedaría na’raure. Esta etimología está contenida en el genérico “anaure” o “naure” que mencionaron Ampíes y Nectario María en épocas distintas.

Mmana’aure compone el significado de “jefes de la tierra”, lo cual encaja de manera perfecta en las atribuciones políticas y/o religiosas que la historia otorga al Manaure de los Caquetíos. (Por: Yldefonso Finol)

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sociedad y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s